viernes, 27 de octubre de 2017

Sala de espera


El que tiene las llaves
no vino y están rompiendo
la puerta para que podamos entrar.
Las paredes y el aire conducen
a velocidades diferentes la vibración
de la amoladora y me anticipan
lo que en un rato hará la fresa
en mi maxilar.
El rato será largo, dos horas
y media de espera estatal.
Ella, que ya decidió la forma de la incisión,
también está esperando.
Los quirófanos están ocupados,
me dice cuando sale
y le pregunto un horario aproximado.
La respuesta es buena y manoteo
en el cajón de sastre de las palabras
un recurso que permita estirar
el diálogo y alterar la línea de producción
de la que formamos parte.
Su cara habla. Siempre. Esta vez dice
que acerté un pleno y me encandila
más que el sol cuadrado que entra 
desde arriba de Marcelo T.
Baja un toque el fulgor y caigo
en nuestras manos,
que convergieron, motu proprio,
en el mismo punto del universo.
Entre pacientes ansiosos o somnolientos,
aferrados todos
al rosario de su credo tecnológico,
dos manos desconocidas se encuentran y dan
forma a un signo vital.
De tanto recordarlo sin encontrar
ocasión propicia para decírselo, flasheé
que se trataba de una comunicación esencial
pese a la carcasa abollada de la sociabilidad.

sábado, 14 de octubre de 2017

Hay cadáveres (versión vegana)


En las calles, bajando
de camiones, hay cadáveres.
En los negocios, en sus vidrieras, iluminados
con luces rosas,
hay cadáveres.
En los supermercados, en la parte más fría, hay cadáveres.
En los restoranes, en los bares,
en sus menúes hay cadáveres.
En tu casa
hay cadáveres.
En tu plancha, en tu horno,
en tu heladera –en el cajón de abajo–
hay cadáveres.
En los camiones atestados y hediondos que cruzás
en la ruta, aunque todavía respiren, hay cadáveres.
Cuando cae la maza y el sismo vacuno signa la zona,
cuando su energía queda allí,
suspendida, atiborrando el barrio,
hay cadáveres.
En el alimento de tu mascota –a la
que seguramente hiciste
mutilar– hay cadáveres.
Aunque tercerices la muerte para
no cargar tu conciencia con el gemido
postrero, hay cadáveres.
Cuando la hija de mi dentista encuentra
una vaca en su libro
para dibujar animales y yo le digo
"¡uy, un churrasco vivo!"
es para que vaya sabiendo que
hay cadáveres.
En el aroma seductor de las parrillas,
en el asado del domingo, con todos tus amigos, en toda
tu familia hay cadáveres.
En tu aliento, en tu postura, en la acidez
de tu pH
hay cadáveres.
Entre dos panes hay cadáveres.
Entre tus dientes hay cadáveres.
Manjares, minutas, bodegón
para tacheros fafaferos, recetas de autor, acompañados
por hojas verdes, en canal Gourmet hay cadáveres.
En tu boca hecha agua, en tu atareado estómago, en un recodo
de tu íleon,
en tu yeyuno hay cadáveres.
En el vientre de la vaca a la que le sacás
el vacaray… cadáveres.
En tu producción de adrenalina,
en la resistencia
a los antibióticos,
en el sabor de tu entrepierna jugosa
hay cadáveres.
Entre las ínfimas letras que disimulan
los ingredientes de las Cerealitas
hay cadáveres.
En la uña del rabino hay cadáveres
kosher.
En las dificultades que tengo
cuando podría ser una opción invitarte a comer,
entre otras cosas,
hay cadáveres.
Decapitados por el de Café San Juan, que vierte
su sangre caliente, aún palpitante, en un tacho
para hacer morcilla y que, sin embargo, sucumbe
ante el tabú de la muerte y no los muestra
en cámara, hay cadáveres.
En ese templo de los niños donde
la felicidad viene
en cajita hay cadáveres.
En la pizza de anchoas que me voy a comer en un rato hay cadáveres.
En tu plato, en tus ojos,
en tu deseo…
en tu vida, indispensables, hay cadáveres.